viernes 20 de noviembre de 2009

EL NEUROSIQUIÁTRICO SOBRE LA CALLE NORTE

"El grito", oleo de Eduard Munch


Estaba yo hablándole con toda la vehemencia de mi razón; sin embargo era inútil que tratara de persuadirle, que intentara convencerle de que juntara sus fuerzas.
La lluvia caía con el juicio perdido y de un momento a otro podía arrastrarla, como arrastra a su salvador quien, llevado por la corriente de los jacintos de agua y de los remolinos, se está por ahogar.
No me hacía caso.
Y las aguas venían, oscuras, por ella.
Ya se habían desprendido algunas ramas del gomero y del alecrin; el espectáculo que presentaba el firmamento, con los rayos precipitándose como los caballos que se desbarrancan guiados por jinetes suicidas que profesan otra fe, me llevaban a pensar en lo peor.
Hablé en lenguas.

Un relámpago con su estela de ozono iluminó varias veces el rostro cruzado por el espanto de la desconocida mujer a quien intentaba socorrer.
Sin embargo, no hubo caso; sus manos se fueron desprendiendo débilmente de las mías y la corriente la llevó...
A partir de ese día profeticé. Profeticé a menudo.

Y cuando profetizaba mi nuera me decía que no me hiciera. Apenas me ocurrían las profecías, que me venían fáciles, ella, hija de su madre, se metía en la cocina a prepararme té de tilo caliente que yo solía escupir.
Después de profetizar la llegada de los estorninos y los zensontles sobre nuestras cabezas, dicen que enfermé.

Mi esposo, masón confundido, se negaba a firmar la orden para que me metieran en el neurosiquiátrico, sin embargo, tanto insistieron, tanto fundamentaron, tanto se plantaron en la idea de la internación mi hijo y mi nuera, que David se zafó de la situación con la siguiente frase: “Hagan los que les parezca”. Y se fue a tomar sombra debajo de los cítricos, que era su manera de largar un profundo suspiro y pensar en otro tema.

Y yo aquí estoy.
Francisco, el nuevo interno, junta en un frasco de mayonesa hormigas rojas y negras.
Tiene la mirada caliente; de vez en cuando se inyecta el ácido fórmico de alguna hormiga asesina. Se cuenta a sí mismo historias de cuando la mar estaba en zozobra y las naves de bandera irlandesa pasaban dejando un flamear de gaviotas chilenas, y él se hallaba dentro de un caracol, o sea, sin poder salir de sí mismo; tan maniatado estaba por las fuerzas de las fieras marinas que le impedían hacer lo que su voluntad le mandaba, que en su derecho enloquecía de impotencia.
El asilo está en calma.
Yo tomo el pedido de la gente que quiere ir al mar, a las costas marinas de Punta del Este, a los acantilados del Atlántico; les prometo que en cuanto me alivie estaré en las playas salitrosas, y les traeré los envases de los caracoles, y de las caracolas de las que se cuenta que tienen el perpetuo rugido de las olas en su interior.

Aurora me pide una fotografía del crepúsculo sobre las olas, cuando los flamencos están ya lejos y las aves cazadoras de peces, como los aguiluchos, empiezan a levantar vuelo. Y un primer plano de los arrecifes.
En el fondo guarda la esperanza de que la lleve conmigo.
Matías no confía en que yo me vaya a curar porque los perros me ladran, y esa es mala señal.

No hablamos sino de irnos de este sitio las veces que estamos en mayoría, en el patio, y se queda sola la enfermera, Ángela, cumpliendo su horario de guardia en la oficina azul. A la imagen enmarcada de Sigmund Freud, que cuelga de la pared del recinto, le sube una humedad curiosa, con forma de hoguera. Ángela borda para aplacar sus nervios erizados, pero cuanto más nerviosa está, más rápidas y más hermosas le salen las bufandas, las mantillas y las servilletas de las manos. Qué cosa, digo...

Los internos queremos irnos.
Pero las paredes son altas. Tienen el cuerpo de tres escaleras de albañil.
Pasa fresco y rápido el día aquí; las enfermeras nos dan la razón en todo, menos los médicos, y en especial el Dr. Álvarez, que quiere, apuntándome con su lapicera Párker, que le diga toda la verdad, y la verdad es lo que le vengo diciendo cientos de veces, de modo que no hay manera de entendernos. Y así, no entendiéndonos, es como se va desgastando la relación, y para quebrarle el ánimo me quedo muda cuando me pregunta cómo estoy, o qué comí; claro que si insiste un poco, un poquito más, le doy conversación sobre mi amigo Pedro, el de las manos cubiertas por escamas.


Mi compañero tiene una piedra lunar en un pequeño baúl hecho con cedro y con aplicaciones de hierro de su habitación; por una confianza que no le conviene (todo hombre tiene su precio) me cuenta que venderá por mil dólares la piedra, una vez que se encuentre libre; está convencido de que no se la voy a robar pues vengo de una familia de bien y tengo miedo de sus puños.

Pedro dice que trabajó en un Observatorio; creo que no aprendió las revelaciones sagradas de los gases, el ozono, el nitrógeno y las rocas y los satélites y los asteroides. Como mucha gente que no sabe nada, que se cultiva sólo de suerte, o escuchando sin querer, él quiere explicar todo y hablar mucho. Y por esos enredos y nervios que tiene la conversación, soy yo quien termina explicándole que la luna es un satélite del planeta Tierra, y le cito a Galileo, y él se queda observándome, enroscado, con sus ojos de langosta.
Pero María, que me suele hablar de una tía de apellido Ál varez, que es condesa, miente, pues en un momento dado te dice una cosa azul y después te cambia el color de la cosa, mezclando todos los colores, de modo que no se sabe si habla en celeste, en rosado o en beige.
Yo le suelo decir: “A ver, cuéntame de cuando fuiste bailarina de gran reconocimiento público y levantaste tu pollera gitana para agasajar al presidente de la República en el teatro municipal”. Y ella, por un cigarrillo me cuenta la escena, y la escena le va creciendo, creciendo, inflada por la mentira, y tanto le va creciendo, que a veces le cuesta trabajo saber en dónde quedó cuando me venía contando lo que me contaba; un sudor espeso le corre por la frente entonces, y con los ojos muy abiertos me narra una historia diferente, pues se pierde en su propio relato, aunque yo finjo cara de suspenso hasta que ella acabe de fumar.

Y luego se calla, y me observa, y yo le digo que me cuente de cuando se fue a rescatar los cerdos de la granja del cura párroco que cayeron en el abismo. Y ella se pierde, se confunde, pero le animo ofreciéndole otro cigarrillo, y entonces le viene un ah..., un claro pues..., un suspiro de recordación a los labios, y me dice que les iba hablando con la autoridad del Nazareno a los marranos, los cuales, trepando por el peñasco subieron, los treinta y tres que eran, y se metieron en la finca para engordar, pues a Dios agrada que sus criaturas engorden. Yo le sigo pasando cigarrillos para que me cuente a ritmo de bocanadas de humo historias por mí inventadas. Pero una vez que ya no puede más se va, sin pedirme permiso, por los pasillos, tosiendo.
Y riendo.
Picarona es la María.

Antonio, que es epiléptico, a veces se cree tapia, y por lo tanto, inofensivo. Suele quedarse quieto junto a un pescado gigante que pierde agua amarillenta por la gran boca de yeso cristalizado; no hay manera de que se mueva, porque no está en su juicio salir de sus costras húmedas, de aquellas hojas de hiedra que dan vueltas por su columna vertebral, mientras le caminan las hormigas culonas y una lagartija de color verde y amarillo se queda paralizada en su cuello.

Él no me escucha. Y yo no hablo. Pero si hablo no sabe que digo lo mismo que dije ayer, y anteayer, es decir hace mucho tiempo. ¿Y qué le digo? Pues que este es un lugar donde las conversaciones son traídas y llevadas por el viento, que hay que hablar con mucho cuidado y precaución porque he aquí que el soplo de los eucaliptos y las palmeras, el soplo que de por sí solo es chismoso y tiende a deformar y a difamar, cambia las buenas palabras por frases engañosas, por conspiraciones y hasta por planes de asesinato.


Ocurre que los internos nos encontramos peleando, a veces, y surge dando gritos, entonces, alguien, cualquiera que nos condena por haber conspirado contra su persona, y nosotros nos encontramos en la necesidad de jurarle que no hemos dicho ni jota, para salvar nuestra vida.
Sin embargo, en honor a la verdad, hay que decir que la gente de este asilo no pasa de los enojos.

En el fondo nos queremos. Y cuando alguien se va, llevado por sus parientes, le deseamos la mejor de las suertes allá, afuera, que es donde realmente la Tierra da vueltas sobre su eje. También le pedimos que nos envíe misivas.
Mas esas cartas nunca llegan.
Una sola vez, un interno, que nos caía en gracia porque era tartamudo, y toda su conducta se circunscribía a su pasado de monaguillo de la orden de los salesianos, nos escribió una carta a cada uno de los que quedamos adentro cuando él partió. Decía, contaba grandes calamidades, y bellezas del mundo, como que la gente se había convertido a la religión cósmica. Y bueno, una noticia así, redonda, que no se sabe por qué lado tomarla, pero que instala en la voluntad de los desafortunados un ánimo de ser sacerdotes de una orden misteriosa, para convertirse - por fin - en objeto de curiosidad, entusiasmó a algunos internos, que también deseaban formar parte del movimiento cósmico aquel.

Miguel, el bizco, hombre de fumar cigarrillos de los fuertes, y Juan y Pedro, que usaban corpiños puntiagudos, zapatos Luis XV, y se pintaban los labios con coloretes liláceos sin que a nadie importara un bledo, se metían a pasear desnudos por los pabellones del asilo al caer el atardecer. Tan extraña y gravemente les cayó la religión contra natura.
Hay una luz siempre prendida en la dirección. El nuevo director nunca duerme, dicen. Nos conoce a todos. Eso también dicen.

El doctor Velazco Quintanilla es delgado, casi liso, visto de costado, usa anteojos oscuros, y anda generalmente relajado por los pasillos; a fin de año irá a Europa y vendrá una mujer en su reemplazo.
Lo noté ausente la última vez que conversamos.
Me miraba fijamente, pero le iban pasando de largo por los ojos las historias que le contaba; le hablé de los bichos, o como sea que se llamen aquellos insectos. Y le dije así: “Esos microbios con luz propia que suelo guardar en mi cajón, algún día, antes de abandonar este sitio, se los dejaré a Magdalena, pues ella nunca ha tenido marido, ni hijo, ni sobrino, ni ahijado, ni hormiga que le pertenezcan”.
Distraídamente me escuchaba. En verdad no me escuchaba cuando le advertía que ya eran muchos los microbios en mi gaveta, y que yo igual les daba de beber de mis leucocitos, hematíes y plaquetas para que no se murieran, sin importarme que mañana ellos pudieran ser más y la debilidad me dejara muerta o dormida sobre el camastro.
- No corre riesgo de morir - dijo sin decirme, pues su voz sonaba como vencida por el viento.

Los microbios se me pegaron por culpa de algún interno carcomido por los ácaros. Tienen alas pequeñas y frágiles, pero no son mariposas. A menudo me causan impresión a pesar de conocerlos tanto ya. Mi imposibilidad de describirlos me suele poner en aprieto ante el Director, que me pregunta por ellos, por la forma de sus antenas y de sus ojos, por sus movimientos diurnos y su reacción ante el alcohol de quemar. Él anota letras como piojos en una hoja.
Pero el caso es que un día me harté.

Y entendí que debía apartarlos - definitivamente - de mi existencia.

Eché llaves al cajón después de haberlo fumigado con gas. Sin embargo noche tras noche vienen, con sus luces de luciérnagas hasta mí. Estos microbios no se eliminan lanzándoles un perro. El mundo sería fácil si nos sacáramos de encima a las plagas con ladridos.

A veces llamo a gritos a la enfermera.
Y ella viene y me comenta que los bichos ya se están yendo por donde vinieron, y me pasa una píldora azulina.

Hago amistad, en los últimos tiempos, con Adelaida. Ella es sana, como me dice bajo juramento, pero los parientes no se lo creen, o prefieren no creerla, como ocurre la mayoría de las veces con los internos.
Cuando aparecen las visitas, los días lunes y miércoles, las mellizas Juana y Amparo, que están locas de atar, se quedan sentadas en la sala de espera, y huelen a lavanda, que es como oler a salud, o higiene, y ponen su intención de obedecer a cualquier orden de su madre, y así, para mostrar que no está en ellas la rebelión propia de quienes han perdido la cabeza, aceptan los consejos de su preceptora que les pide que no desordenen el desayuno, ni el almuerzo, ni la merienda, ni nada, con alfajores y queso a cualquier hora. La madre les dice que están de pasada nomás en este sitio, que es una institución donde se enseña buenos modales a las chicas de la alta sociedad. Y ellas, alentadas, toman aseadamente la sopa de calabaza de la vianda.
Se quedan mirando nomás el techo, y sus ropas limpias hechas con tela de tafetán las mantienen estáticas, pues no, ni modo que se larguen a jugar con la tierra haciendo figuras de relojes con el lodo, y ni modo que repitan la hazaña de ir, como cuando eran niñas, a buscar un tordecillo para volver con las prendas de vestir llenas de abrojos a la medianoche.
Yo estoy curada, pero los otros no.
Empecemos por el tío Matías, que me educaba en mi niñez.
¿A qué venía a la biblioteca ? Se sentaba sobre el sillón de mimbre, aspiraba el olor de humedad de la sala como un perro, mantenía inclinada su cabeza durante una hora, y salía después de leer el libro de las muchas revisiones a gritar que el fin del mundo estaba cerca.
Mi tía Angélica solía largar un suspiro cuando eso ocurría.
Había que encerrarlo.
Pero a la tarde, cuando las gallinas venían al corral, y cloqueaban, él se largaba a charlar como hombre sano, y sano y lúcido para las matemáticas, le pasaba a la tía los billetes de más de tres ceros, y ella iba contenta al mercado, mientras el tío Matías me largaba recomendaciones sobre mis propósitos para que me fuera bien en la vida.
Y lo que se llama irme bien en la vida, no me fue mal, hasta que él, precisamente él, que tenía delirios de profeta, y que calumniaba contra los sacerdotes católicos, me dijo que debía dejar mis nervios en reposo, y me dio la receta de un baño frío en una tinaja de tilo fermentado.
Mucha fermentación y ningún resultado.
Pero ya no quiero recordar aquel capítulo de mi existencia pues el disgusto me viene, y no tengo un pucho a mano.
En esta casa de enfermos no todos están enfermos.
Hay quienes dicen que se van a fugar.
Pero no es fácil fugarse porque el mismo cielo estrellado de la noche es como una alambrada eléctrica que frena la osadía de los dispuestos a marcharse. Las descargas de luz de las estrellas y de los luceros caen sobre sus formas que parecen grandes pájaros nocturnos aleteando; al rato se escucha la voz del cuidador en el megáfono pidiendo refuerzo pues las aves están por salir del corral.
Y al instante caen sobre ellos los enfermeros, pero suele haber algún interno que tiene suerte, y que levanta el vuelo, el raudo vuelo de un gran pájaro nocturno, y va a parar del otro lado del muro, que es donde comienza la dimensión de la libertad, pero también están los acarreadores de botellas y latas de sardinas y desperdicios que dan la voz de alerta al verlos, y atraen la atención de los borrachines del bar de la cuadra. Ellos, bebidos como están, no pueden sentirse más felices sujetando a un prófugo, y así, arrastrándolos de los brazos y de las piernas, borrachos como una cuba, traen al infeliz de regreso al hospicio.
De estas cosas me entero al día siguiente.
Estoy cansada.

Muy cansada....
Yo también me quiero fugar.

martes 6 de octubre de 2009

VUELVO PRONTO

Oleo sobre lienzo, Mariano Fortuny

VUELVO PRONTO

Tras un hombre que amé en la primavera
se marchó mi vestido, enamorado.
Él me abrazó diciendo "vuelvo pronto".
La flor que me dejó arrugó mis manos.

Mi chal de Cachemira se llevó
quien me acostó a la sombra del verano,
y mudó a sus mejillas mi color,
y la sal de sus besos a mis labios.

Mi abrigo beige que calentó un otoño
me lo quitó, sobre el sofá, jugando,
el hombre de otra, que me dijo hallar
de soledades llenas nuestras manos.

Que todo se llevaron. Fue muy fácil
bajar el cierre de mis dos leopardos,
arrugar mis vestidos, deshojar...
A veces me sangraban los costados.

lunes 28 de septiembre de 2009

AQUELLA QUE TE AMÓ

Gustav Klimt

AQUELLA QUE TE AMÓ

Delfina Acosta

Palomas de repente en mis mejillas.
Un sacudir de alas si regresas,
amante, a mi presencia y me perdonas
y arrancas de mi amor la sola queja.
Me juras por tus muertos, yo te juro
por Dios que a los demonios atormenta.
Y en brasas se convierten las palabras.
En pájaros sangrientos que pelean
por las migajas de las hostias últimas.
Ámame hombre en esta noche negra.
Mi historia es ésta: un lecho solitario,
un despertarme atada siempre a hiedras
y una almohada llena de tu rostro.
Mi vida toda es sólo sueño, niebla.
Mas llegas y mi voz ya no es cautiva.
Y aquella que te amó se me asemeja.

domingo 27 de septiembre de 2009

EL CLUB DE LOS MELANCÓLICOS

Óleo sobre lienzo, Pablo Picasso


Levanté la mirada y caí rendida de desolación. Cuán grande era la casa, con sus habitaciones desnudas y húmedas por donde corría el viento frío de la tarde de agosto.
Un agosto ventoso y huraño.
Pensé, no sé porqué, en mi amigo Antonio, que estaría - seguramente - aguardando las campanadas de las cinco de la tarde para ir a misa, y salir luego de ella, a las siete, entre los empujones de la gente apurada; distraído él, con los ojos marcados por profundas ojeras, se dejaría empujar. Pobre...
Nada podía hacer ya Antonio; los oficios religiosos no le servían, sin embargo prefería el olor a incienso de la iglesia, que le producía un modo distinto de tristeza a aquella otra, tan bien conocida desde sus veinte años (ahora tenía treinta y cuatro), aquella tristeza que le hacía reclinar su cabeza sobre el respaldo del sofá, mientras Frank Sinatra cantaba “A mi manera”, y un hilo de conversación, entre él y su propio yo, se apagaba en el momento de encender un cigarrillo.
Sonó el timbre.
Era Consuelo, con su crisis de asma. Parecía una aparición frente al portón de mi casa.
Un estornino amarilláceo que la escuchó estornudar levantó el vuelo hacia el cielo; deseé entonces (siempre he sentido una profunda aflicción por los asmáticos) que los pulmones atormentados por la asfixia de mi pobre amiga se liberaran, y su carga fuera llevada por aquel pájaro que partía, aleteando con fuerza y vitalidad, hacia la claridad del firmamento.
La hice entrar. Y me contó. Y se sabe que contar es reunir los muebles ajados de la casa, el polvo de los pedestales, el desaparecimiento del repartidor de gas, la humedad de la tarde, los ácaros de las gavetas, la pérdida de los biblioratos, todo, en suma, en un suspiro largo, que de por sí lo dice todo. ¿No es cierto, acaso?
Ah..., le dije tomándole de las manos, que estaban frías. Caminamos.
Le comenté que la semana pasada había sufrido un nuevo ataque de melancolía.
Los ataques suelen ser terribles. Pareciera que la enfermedad bajara hasta mí desde la rama pálida del jazminero que crece junto a mi ventana; peor aún, pareciera que la misma rama se metiera en mi interior; suelo sentir cómo caen de mi boca aquellos jazmines salivosos las veces que hablo. Hablo para quejarme, sin saber qué me duele, ni dónde, aunque me duele y mucho.

Ay, vivo tan sola. Cuando enfermo no está nadie en la casa para prepararme un té de chamomilla o tilo, ni para decirme que quizás estoy exagerando, ni para prometerme que ya pasará este ruido molesto de puertas que se abren, rechinantes, en mi interior, aunque no hay modo de cerrarlas pues se sabe que ellas obedecen a los espíritus rebeldes.

Por las puertas abiertas entra no solamente la lluvia, con un olor a sal de alta mar, sino las formas delgadas de algunas personas a quienes no conozco y que me observan con atrevimiento; ellas ven en mi melancolía la asquerosa figura de un araña; me es tan fácil darme cuenta de que aquellas personas sienten temor de mí, pero allí están, embelesadas con mi estado melancólico que avanza sobre sus patas peludas (sus pobres y horribles patas de arácnido) en una enloquecida huida hacia cualquier parte, porque, insecto al fin, la observación de tantos ojos humanos moviliza su instinto de conservación, su pánico a los zapatillazos...

Consuelo notó mi abatimiento. Ya se sabe que dos personas tristes no hacen más que mirarse y suspirar por lo mucho que se entienden y lo poco que pueden hacer el uno por el otro.
- Te queda bonito ese rouge purpurino. Y esa blusa celeste combina con tus zuecos, porque los corchos... - me dijo, y había en su voz aquel sonido de violín que subía de tono o se languidecía según el nerviosismo con que el arco hacía vibrar las cuerdas.
Ah... la obra de arte de sus pobres bronquios.
Hace tiempo se me había ocurrido una idea. Y se la comenté.
Mis amigos, marcados por la depresión o la melancolía, solían aparecer por mi casa con frecuencia. Formaría el club de los melancólicos, entonces. La decisión estaba echada.
Los requisitos, exagerados desde luego, los escribí en un papel que guardé dentro de una carpeta. Estas extravagancias (¿o debo decir locuras?) se me ocurrieron: Amar el arte en cualquiera de sus expresiones. Concebir la vida como un disgusto, un desaire, un piano de cola que cargamos sobre las espaldas a donde quiera que vayamos, sea lluvioso o húmedo el estado atmosférico; entender la perra vida como una forma de existir donde el suicidio podría considerarse, un domingo, a la hora cinco, como una oportunidad de escape. Esquivar a los felices, que suelen hacer la existencia imposible con sus chistes groseros y sus risas que ruedan como pelotas de tenis hasta nuestros pies. Resumir el mundo en la forma de un tren de infinito viaje, sin posibilidad de bajarse en alguna estación, con un paisaje a propósito de un tren para suicidas: un sol negro alumbrando los cactus de brazos deformados y los cuervos volando encima de un silo abandonado y oscuro del cual el pueblo, superticioso, prefería no hablar.
Consuelo se entusiasmó con la idea.
- Estás loca, pero nunca dudé de tu genialidad - dijo.
El club se formó como se forma cualquier club.
Cada sábado, la casa se convertía en el refugio perfecto de mis amigos.
Caían a las cinco en punto. Antonio hablaba y no paraba, y todos los escuchábamos en silencio, o sea, en estado de rendición. A mí, no sé por qué, se me presentaban en la mente hongos gigantes y una fila de hormigas rojas que el viento de la calle no conseguía barrer, cuando él hablaba. Antonio iba secando el sudor de su frente con un pañuelo de satén, y eso le daba, por momentos, cierta importancia de catedrático o de pastor anglicano, aunque la realidad es que sólo hablaba y hablaba, tapiándonos. Pero cierta vez, en el punto más desordenado de su perorata, dijo algo que nos emocionó: “Algún día seremos felices. Se los aseguro”.
Felicitas, de cara redonda y blanca, levantaba la mano
a menudo pidiendo turno para hablar; su ansiedad provocaba un descontento generalizado dentro de los miembros del club; ella no les hacía caso (no podía hacerles caso, mas bien) y allí estaba, dale que dale, contando, mientras se comía las uñas, que quería un novio para espantar su soledad. El novio no aparecía, decía, porque su imagen de artista plástica impresionaba a los caballeros acostumbrados a tratar con las mujeres simples, tranquilas, de maquillaje tupido y faldas muy cortas, que tenían en la cabeza la idea de una sola aspirina para encarar el mundo.
“Tomo alprazolán tres veces al día con agua carbonatada; la mitad de la angustia se me va con el medicamento”, decía, y nos miraba durante un largo rato a los ojos como pidiendo absolución. Casi todos los integrantes del club consumíamos medicina de receta controlada pero no nos atrevíamos a contarlo. ¿Temor a qué? No lo sé.
- Te quedarás solterona - le decía Margarita, con el orgullo de su cutis de loza y la liviandad de su cabellera rubiácea; un gajo de su cabello espinoso usaba para pasarlo a menudo por su largo cuello. Tic nervioso. Margarita hacía terapia con un sicólogo, sin resultado, porque casi todas las entrevistas pasaban por un juego de seducción. Pero ¿por qué iba con vestidos de profundo escote y un despilfarro de perfume en sus axilas a las sesiones sabiendo a lo que se exponía? Los sicólogos y psiquiatras suelen enamorarse a menudo de sus pacientes. Eso se dice.

Santiago, alto, con bigote breve, poeta de los raros, ya llevaba veinte años en la melancolía. Era adicto a la cafeína. Abriendo y cerrando con cuidado las puertas de las gavetas de mi cocina, se preparaba una jarra de café, apenas llegaba. Y luego, ligeramente eufórico, se presentaba en la sala, se sentaba en su butaca preferida, la de respaldo con forma de exágono. Al rato prendía un cigarrillo y leía una obra literaria.
Cuando leía su poema, los demás empezaban a hablar en voz baja. Esas impertinencias, esos cuchicheos, ese zumbido de abejorros eran un desacato a las reglas y me disgustaban bastante. Una tarde de filosa llovizna, Santiago leyó un soneto alejandrino dedicado a Van Gogh; cuchicheaban los miembros del club, y era tal el desorden, que me largué a llorar.
El sábado siguiente nos sorprendió con el silencio.
Estoy buscando que madure un poema dedicado a los cocuyos. No tengo nada para hoy; lo siento - dijo. Y nos quedamos mirándonos absortos. Como sea, extrañábamos su figura alta inclinándose en un acto de reverencia ante cada rima de su poesía.
En fin; las cosas caminaban solas. Creo que fuimos progresando.
Empezamos a buscar la manera de ser razonables. Covenimos en que un tiempo no mayor de veinte minutos era más que suficiente para las exposiciones.
Consuelo vino contenta un día. “Se me pasó el asma”, dijo. Y agregó: “La fraternidad del ambiente ha hecho un milagro sobre mis bronquios. Estoy curada. Adiós a la cortisona, a la efedrina y a las sesiones de inhalación de sustancias volátiles”. Nunca más apareció. La aguardábamos sábado tras sábado; sonaba el timbre, nos apiñábamos junto a la ventana sacando las cabezas, y no, no era ella, sino otro miembro del club.
Ah... la ingratitud de los melancólicos.
Juan, de mirada sombría y uñas largas, nos sorprendió durante una sesión comentándonos que prefería la compañía de los gatos a la de una mujer. Era buen mozo y ganaba algo de dinero vendiendo pinturas de peces, de limazas y de cámbaros, cada domingo, frente a los portones de la gente rica.
Se sabe cómo funciona la operación o la venta: el artista, vestido de indigencia, pasea con sus obras por las veredas de los millonarios, y ellos, seducidos por los colores refulgentes de la pintura, compran los cuadros sin pensar.
- No; yo no me caso - suspiró Juan.
- No es bueno que el hombre esté solo - dijo Felicitas, quien estaba secretamente enamorada de él. Su voz tenía la emoción del escándalo.
- Pero yo no estoy solo; tengo a mis gatos. Son todos tan hábiles. No hacen más que aguardarme pacientemente cuando salgo a la calle en busca de dinero. Y me reciben con sus artes y sus maneras milenarias que yo sólo sé corresponder con un largo silbido - respondió.
Sin embargo, a partir de ese día, Juan empezó a observar a Felicitas con más claridad. Eso lo descubrió el club al instante. Sus ojos se posaban a menudo en su blusa transparente bajo la cual sus senos se mantenían muy apretados dentro de unos corpiños negros.
Una tarde los vimos llegar juntos. Y tomados de la mano. Y era que llegaban y no llegaban porque se echaban chistes y bromas y otros cuentos que los desternillaban de risa; demoraban una eternidad sus pasos para observarse mejor y pincharse.

El hecho, mejor dicho el noviazgo, ameritaba un ágape, brindis. Así lo decidimos.
Y el brindis se organizó solo. Aparecieron las palomitas de maíz, el olor de las papas freídas, el calor de las empanadas recalentadas, los tragos de gaseosas, los helados que Antonio fue a comprar de la esquina con una sonrisa fresca en el rostro. Nos divertimos tanto.
Los novios estaban radiantes. Y yo estaba feliz. Me ponía de buen humor que se amaran, así, a su manera. Ella reclinaba su cabeza sobre los hombros de Juan, y él se entretenía con sus cabellos.
A veces se besaban en la boca. Y entonces todos jugábamos a que volvíamos inmediatamente las caras hacia otro lado, para escondernos de aquellas escenas atrevidas.
Ah..., qué diversiones de niños, aquellas.
El noviazgo de Juan y Felicitas era un logro, una orquídea florecida repentinamente en un tronco amenazado por las plantas biofritas, el mejor puntaje del club de los melancólicos.
Pero hubo otra sorpresa.
Antonio y Margarita cayeron un sábado, media hora después de las cinco, con la novedad de que deseaban casarse.
- ¿Cómo? - dijimos.
Ellos se abrazaron fuertemente por toda explicación.
Alguien fumó y tosió aparatosamente. Yo quise hacer un análisis de la situación, magnífica, ciertamente, pero compleja e inesperada desde el sentido común, pues respondíamos a una mentalidad, a un perfil sicológico, rasgados por la angustia y la neurosis. Pero preferí callar. La melancolía era, por lo visto, una caja de pandora.
Ah... Margarita empezó a moverse al compás del tema musical “Imagine” de los Beatles. Se veía feliz y bella y sobre todo triunfante. Arrojó su gorra con visera azul sobre una rinconera. Fue abriendo su blusa a rayas, botón por botón. Pasó varias veces su mano larga y blanca por su vientre, y como por arte de magia, la forma de la criatura, su hijo escondido bajo la faja desenrollada lentamente, reveló un embarazo de tres o cuatro meses.
“Ah...”, dijimos todos. Y nos entró un sentimiento inexplicable.
Un niño se añadía a nuestras vidas.
Y éramos sus padres y sus madres.
A la noche, Consuelo me llamó. Otra vez le habían vuelto los pitidos. De nuevo sus bronquios se llenaban de mucosidades. Había un estornino en sus pulmones.
Algo parecido al miedo agitó mi corazón.
No sabía qué decirle. No le iría a contar, por supuesto, que en los últimos tiempos me hallaba recuperada. Eso sería una descortesía.
- Vuelve a las reuniones - le aconsejé.
Un sí, una aceptación suya que sonaba al piar lastimero de un gorrión caído de su nido, oí del otro lado del tubo.
El sábado siguiente un clima de armonía iba y venía por las paredes de la sala.
Santiago leyó un soneto de su creación. Y lo aplaudimos aunque no nos agradaron esos endecasílabos suyos que cabalgaban sin musicalidad, pasando del trote a la estampida. Pero fue él mismo, quien oyéndose, cayó en la cuenta de la falta, del imperdonable error, pues dijo: ¡Qué desastre!
A veces pensaba que debía tomarme una vacación, ir a algún sitio donde el clima fuera beneficioso para las grandes fumadoras como yo. Pero no. Acababa quedándome en la casa, y hacía como que no me quedaba, los sábados, cuando los miembros del club tocaban desesperadamente el timbre una y otra vez.
Solía escucharlos.
“Se habrá pegado un tiro”.
“No digas eso”
“Deberíamos llamar a la policía”.
Y no; no llamaban a la policía, por suerte.
Sábado tras sábado, allí estaban, insistentes cual llovizna callejera. Cuando llovía, se metían debajo de sus paraguas negros; eran nuevas aves oscuras engendradas por esta naturaleza anárquica marcada por la contaminación de la atmósfera y el gran agujero de la capa de ozono.
Me enloquecían con los continuos timbrazos. Una tarde no pude más y abrí la puerta. Entraron. No me dijeron nada. Comprendieron mi conflicto. Este es el estilo de gente como nosotros en cualquier trato.
Ahora faltan diez minutos para que ellos lleguen.
Debo estar hermosa esta tarde porque me sacarán una fotografía para colgarla luego en la pared de piedras de jade de la chimenea. Un color especial, cuando las leñas son consumidas lentamente por el fuego, se va desplazando (casi con vida, pareciera) por la chimenea ecológica. De hecho, ella es algo así como el sitio de Dios en mi casa.
El epígrafe lo escribí yo misma y será leído por Santiago cuando se descubra oficialmente la foto: Guadalupe Sánchez, Presidenta del Primer Club de los Melancólicos.

sábado 4 de julio de 2009

EL BOSQUE


Olvidé cómo se escribe un cuento.
Solía sentarme a las siete de la mañana frente a la máquina de escribir Remington, que ocupaba la mitad de mi escritorio, a un costado de la enorme ventana que daba a la calle. Durante los primeros momentos no ocurría nada, hasta que alguien, y otra persona parecida, y muchos individuos o sombras más que se dirigían a la fábrica textil del pueblo, pasaban con prisa por la vereda; entonces me entraba la angustia por escribir las primeras líneas, aquellas frases fijas que definen el inicio de una historia.
A las diez, Cándida, la vecina que me prestaba el auto para viajar los fines de semana a alguna villa veraniega, salía a hacer una revisión minuciosa de su jardín delantero; yo solía temer que me hablara sobre los cornezuelos que a menudo desfallecían a sus caléndulas y a sus helechos porque entonces una larga distancia me separaba de mi cuento hasta que terminaba por perderlo de vista.
Y ocurría que a veces me hablaba, y otras, no. El caso es que su presencia entre esas flores agitadas por los vientos de estío o de invierno me ponía ansioso, y acababa levantándome, bruscamente, del asiento, con un cigarrillo en la boca, para observar la borrosa lejanía de la zona portuaria.
A las once, o a las once y media, entraba en el gabinete la empleada doméstica, y hacía tal silencio de mosca mientras pasaba una trapo humedecido con alcohol por el único mueble de estilo provenzal de la casa, y con el mismo silencio de mosca se retiraba, que me gustaba pensar, con un extraño sentimiento, que era un desperdicio tanta precaución de su parte; total, al meterse la mujer en la habitación, no me venía una sola línea a la cabeza.
Es difícil escribir sin interrupción.
Ocurre que alguien te llama por teléfono y te dice esas cosas que uno escucha como desde lejos: “Fue imposible hacer nada... Tendré que comprar otra camisa. La tinta no ha desaparecido ni siquiera con cloro...”.
A la hora del almuerzo, cerraba con la fuerza de un latigazo que hace brincar a la bestia, la puerta del gabinete. Debía asegurarme de que mis personajes se quedaran bien encerrados en esa habitación de luces apagadas, para que yo pudiera, sin apresurar el sabor, disfrutar de aquella tregua: un plato de milanesa de pollo y otro de escabeche de berenjenas, acompañados de una botella de buen vino rosado. Luego venía la modorra.
Como a las cuatro y media de la tarde, cuando el calor caía sobre el aljibe sin roldana del patio, yo me tendía sobre las baldosas de la sala, aguardando la visita de Adelfa. Mi amiga rubia, rubiácea, me solía hablar después de fumar un cigarrillo, sobre las virtudes y necedades de mis cuentos. A mí me daba igual que objetara la presencia de una antigua vitrola en la habitación donde sucedía la parte más densa de las acciones; para eso tienes el piano, Miguel, el viejo piano alemán de la familia; que tanteara una crítica sobre determinada situación o trama por su estilo tan apasionado, que desaprobara un nombre común como José o Pedro, y que, a veces, me restregara la muerte del protagonista de turno, quien merecía vivir, después de todo; total, con un final abierto, la obra quedaría bien igual.
No es que fuera terco. Pero yo conocía a mi criatura. Ella era un bosque donde todos los animales (ciervos de ancas ligeras y vientres suaves, leopardos de ojos relampagueantes y aves de plumaje azul mezclado con el color de la sangre) convivían en cósmica armonía; su enorme cascarón resistía maldiciendo, pero resistía, los embates y las furias de las tormentas.
Mi criatura era una luz que se abría paso entre los gajos de los eucaliptos, los algarrobos y los abedules de su propio bos que para mostrar un camino, hecho con un polvillo como de oro y de azúcar, que tentaba a los hombres y a las mujeres que intentaban cruzar el río, para que desistieran de su propósito y se internaran en él.
Al llegar la noche se me presentaban en el gabinete. Una vez fue un hombre que deseaba viajar a un pueblo donde pensaba encontrar a la mujer que había amado, y llegó, y ella estaba vestida de triste desde los pies hasta los cabellos; sentada sobre un sillón de mimbre observaba las formas humanas que tomaba el ciprés según como el viento lo cabalgara.
Entonces escribí: Se vieron y se dieron un beso.
En mis horas nocturnas se me rebelaban las profecías.
Y entre humo y humo de cigarrillo cobraban sentimientos mis personajes, y yo debía decidir, desde luego, qué harían: la libertad o la prisión; la vagancia o el encierro; y aún esos detalles ínfimos: el viaje en barco o en tren. O la simple caminata por las calles.
Perdí la manera de escribir cuentos.
Este es el relatorio que - necesariamente - debo hacer sobre la maldición que ha caído sobre mí para que mi familia comprenda la decisión que he tomado.
No puedo más.

viernes 12 de junio de 2009

El gallo

Óleo sobre lienzo, Van Gogh



El gallo, de carúnculas muy rojas y espolones curtidos, se largó a cantar a las cuatro y media de la madrugada. Miles de hormigas laboriosas cargaban sobre sus lomos aquellas pequeñas mudanzas de los árboles que empezaban a corromperse en el cementerio levantado con ambición de necrópolis.
Don Manuel ordenó su cabeza frente a la tabla de cristal y se fue a caminar, buscando el pueblo.
Sentado sobre un tronco, en la vereda de polvo amarillento, Francisco tocaba el violín; y era el sonido el sueño, la iluminación de una música que parecía llegar llorando de un pueblo muy lejano.
Con los ojos cerrados el artista ejecutaba el instrumento musical mientras una claridad rojiza, la primera claridad de la mañana, caminaba por las calles de polvo, como otra gente más, parlanchina y ansiosa por saber qué ocurría, quién se había muerto, quién se había casado.
Depositó dos metales lamidos por el óxido en el platillo de lata y caminó tres cuadras hasta llegar a la casa número veinte, frente a la que estaba sentado en su banquillo Don José.
Y le dijo Don José, lo que se dice en un pueblo tranquilo, bien dormido, siempre soleado, acarreando a su gente ya por la pastura o por los caminos polvorientos: “¿Qué hay de nuevo?”.
Doña Dolores apareció por la esquina cuando entró Don Manuel al almacén; entonces se acordó de todo: la cajetilla de fósforos, la bolsa de legumbres, el frasco de azul de metileno, el kilo y medio de maíz para las gallinas, las velas para sacarse de encima los sustos desde que la luz se fue de la casa.
Una vez hechas las compras y salido a la vereda miró hacia el río. El olor del pueblo era igual. Eso quería decir que el planeta seguía su curso y que no había descompostura de astros y demás cuerpos celestes.
Doña Rosa, la mujer más vieja del sitio, había amanecido nuevamente, y con ella habían amanecido las mujeres que le limpiaban las escaras del cuerpo y que hablaban en voz alta sobre el sentido de sus desvaríos, total la enferma ya no escuchaba nada.
Don Manuel quería saber no sé qué cosa, y vino para su casa. Su mujer, Rosa, se hallaba hablando para sí. Como no sabía qué cosa quería saber se sintió indefenso frente a ella quien lo confundía hablando tan larga y rápidamente como hablaba.
- ¿No te estarás volviendo loca? - preguntó.
- No estoy para bromas; el carbón está húmedo y ya son las diez - respondió Rosa.
Y el día dio vueltas en torno a él que quería saber no sé qué cosa. A veces eso le pasaba y el mal humor le cortaba la mirada. Entonces no prestaba atención a Doña Magdalena que pasaba, caída ya la tarde, con su hato de marranos, cantando la canción que los domingueros entonaban en la iglesia.
Tres días pasaron y él seguía queriendo saber no sé qué cosa.
La costumbre es la costumbre.
Cuando el gallo se largaba a cantar a las cuatro y medio de la madrugada, ya estaba ordenando su cara frente al espejo.
Y bajaba al pueblo.
Y al encontrarse con Francisco, el violinista, escuchaba la música venida de un pueblo muy lejano.
Y respondía a Don José, cuando le preguntaba qué había de nuevo, que no ocurría nada, con lo que ambos pensaban que todo marchaba bien.
Al día siguiente el gallo no cantó.
Sintió que el corazón le salía por la boca y que un relámpago le cruzaba el pecho.
A las ocho de la mañana se supo en el pueblo que Don Manuel murió.

jueves 28 de mayo de 2009

EL LÍMITE


Óleo sobre lienzo, Van Gogh

EL LÍMITE

Siempre que iba a la farmacia para comprar apósitos, aspirinas, violeta de genciana y aquellas medicinas menores con las que mantenía acabado y completo mi botiquín, me solía hacer acompañar por Ogro, mi perro.
El tránsito estaba endemoniado aquel día. Lo noté al sacar la cara.
Así, con aquella impaciencia de los autos por llevarse adelante los segundos que faltaban antes de que la luz de los semáforos cambiara de rojo a verde, decidí que no llevaría a Ogro. No fuera que tuviera que llorar su muerte y ocurriera que el tiempo me transformara en una de esas mujeres de pelo mal teñido y sandalias desparejas con la memoria de su perro en cualquier conversación: “Ay, sabía que era el auto del vecino el que llegaba, porque en vez de ladrar hacía una suerte de bocina con su boca. ¿Arte? ¿Magia? No lo sé.” O: “Adivinaba el menú (carne roja a la parrilla o una presa de paleta de marrano) en mis ganas y movimientos.”
El farmacéutico hablaba por teléfono cuando llegué.
- ¿Aún no se lo encontró? Cierto es que la gente desaparece y aparece después de tres días... - lo escuché decir.
Colgó el teléfono y se acercó a mí comentando: “Es el primer caso.”
- Pero es seguro que reaparecerá - contesté sin saber de qué se trataba el asunto.
Usted sabe: la gente de la ciudad es así; uno apenas espera que termine de hablar el otro, para decir ya lo suyo, como si estuviéramos todos apremiados, cuando en realidad nos apuramos en balde porque los demás, como por ejemplo esa gente obscura y obediente es la que arriesga su existencia al subir la escalera para limpiar de telarañas de las bisagras del techo. Y es la gente tonta quien carga con la faena de sacar el esplendor y la gloria de los candelabros, lustre de por medio.
Cuando venía para la casa, vi un grupo de seis hombres; conversaban nerviosamente frente a un bar. Tres fumaban y los tres restantes no parecían darse cuenta de que el humo de los cigarrillos sacaban lágrimas de sus ojos.
Me acerqué a los hombres haciendo como que intentaba ponerme a resguardo del viento sur.
- Cándido ya debería haber regresado - dijo uno de tez morena. Se le notaba el cuidado que ponía en sus palabras; aquella gente preocupada por la tardanza de Cándido buscaba el favor de la inteligencia para saber cómo resolver el caso.
Yo sé de individuos que desaparecieron y volvieron a aparecer. Pero me estoy refiriendo a personas que dejaron el aseo de su casa, el plato de escarolas, de apios y de plantas oleaginosas, y la esposa de rostro sonrosado, para ir tras las pisadas de aquellas mujeres de la zona portuaria; cuando ellas se sacaban la ropa frente al espejo de luna del ropero, era como si se desprendieran de todas sus alas de aves, hasta que quedaba de su figura sólo el pico; picoteaban durante horas, días, semanas y meses el rojo purpurino de sus amantes. Y bueno..., si el vientre les crecía, se convertían en pájaros de torpe andar, y su voz huraña sonaba, al caer la última claridad del crepúsculo, como graznidos de cuervos.
Los hombres, desesperados, retornaban tristes y cansados.
El grupo seguía charlando. Mencionaron varias veces la palabra límite.
Aquí debo hacer un aclaración en honor al límite: Hay una casa abandonada, pintada con color azul, en donde vienen, cuando la lluvia es grande, a buscar refugio los mendigos. A diez metros de ella, aún se animan algunos niños a intentar una rayuela, algún juego propio de la perversidad de los pequeños como buscar una tarántula para luego meterla en un frasco de cuello largo.
Una niña albina suele marcar con tiza la figura del sol en el empedrado, que la lluvia pronto borra, hasta que ella vuelve a despejarlo, a veces ya con crayolas de distintos colores.
Ahí termina la ciudad.
Y empieza el bosque.
En fin, los hombres formaron una cuadrilla.
- No queda más remedio que ir - dijo uno; quien parecía liderar el ánimo de los otros.
Y se internaron en el sitio poblado de existencias negras. El viento cambió de dirección y un olor a comadrejas, a hojarasca de árboles de las más diversas como eternas especies, giró en el aire y dio un grito de advertencia.
Los curiosos de la ciudad se quedaron en el límite, de cara a la oscuridad.
Pasaron tres días y tres noches.
La cuadrilla regresó cansada. Sólo pudieron encontrar el cuerpo de Cándido convertido en carne corrompida sobre un matorral; en sus cavidades parecían haber hecho nido las aves de carroña, si bien peleaban ferozmente por las vísceras. Eso fue lo que contaron.
Pero trajeron, colgado de un grueso alambre, el cuerpo todavía sangrante del lobo feroz abatido por los disparos de las escopetas.