Mostrando las entradas con la etiqueta 5. Cuentos Guía del cementerio y Mi primo y yo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta 5. Cuentos Guía del cementerio y Mi primo y yo. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de enero de 2009

Cuentos Guía del cementerio y Mi primo y yo

Óleo sobre lienzo, de Gustav Klimt

GUIA DEL CEMENTERIO

Íbamos mis amigos y yo al cementerio, a menudo, durante la siesta.
En casa ya sabían que si estaba ausente, lo más seguro era que andaba de curiosidad por el camposanto, y se quedaban lo más tranquilos.
Si pudiéramos profanar las tumbas, lo haríamos, pues se hallaba a gusto en nuestra naturaleza el hábito del saqueo.
El enojo de los gatos monteses, en vista de que crecimos apaleados, nos guardaba de la doctrina católica que se enseñaba cada domingo a los niños en la parroquia de la iglesia Virgen del Rosario. Éramos pues, diablos.
Pero los panteones, con sus gruesas claraboyas de forma esférica, estaban a salvo de nuestros propósitos. Las puertas eran no sólo de metal pesado; estaban además cubiertas por rejados de hierro y cortinaje.
En el interior, los cajones oficiaban de tálamos, donde dormían los muertos, a los que deseábamos ver.
¿Quiénes eran ellos? ¿A qué cosas y costumbres se dedicaban cuando la salud los hacía conversar y reír animadamente? ¿Estaban, acaso, en paz?
- No han sido gentes muy amadas por sus parientes - comentaba yo.
- ¿Por qué dices eso ?- me preguntaba Felicita; siempre mostraba curiosidad, si no debilidad por mis preguntas, pues sospechaba que había en ellas mentiras que deseaba sacudir a la luz del sol.
- Pues está claro. ¿No te das cuenta? ¿No lo ves? - contestaba.
Entonces les recordaba a mis amigos que cuando había sepelios, los parientes se desmayaban, se arrancaban mechones de cabellos, amenazaban con dispararse un tiro a la sien, bajaban a la fosa, a la cavidad recién abierta mientras juraban contra Dios.
En cuántas lápidas preciosas en un tiempo y luego convertidas en nidos de comadrejas, de serpientes y de saurios, los enlutados parientes habían hecho grabar inscripciones que inspiraban lágrimas de fuego: “¡Madre: No te olvidaremos nunca!” o “¡Amado esposo: Vivirás por siempre en el corazón de tu desconsolada esposa!”
Les hacía pasear a mis amigos frente a esa literatura dramática escrita con letra gótica; yo era la guía de los sepulcros que hacía justicia a los olvidados.
“Pues bien. ¿Qué tenemos junto a estas tumbas sino costillas de gatos muertos, floreros vacíos y abandono...?”, reflexionaba.
No hablaba en balde, por cierto. Junto a la estatua (construida con piedra caliza) de una mujer abandonada como un sauce al llanto, subía rápidamente la hiedra, cual segunda cabellera de la obra artística.
Una caravana de hormigas entraba por un pequeño orificio de un tronco podrido y venía a salir por la parte trasera de un panteón, donde crecían en abundancia los musgos blancos y lo hongos.
¡Qué espectáculo grosero!
La rama de una higuera golpeaba, cuando el viento empezaba a soplar, la fotografía enmarcada ampulosamente en bronce, de una dama muy joven y bella.
- ¿Qué le hace ya a esta difunta su fotografía en la pared del panteón, y el marco precioso, y el lujo y la suntuosidad de su morada, si nadie la visita siquiera en el día de todos los muertos? - seguía razonando.
- Y eso, ¿cómo lo sabes? - decía Felicita.
- Pues basta con observar el estado de la construcción. Este sitio, a sola vista muestra que hace años nadie pone un pie aquí. Las paredes dejan ver los ladrillos y la argamasa. Cuando mueres te quedas solo. Tus parientes se divierten de lo más lindo sin ti. Ya no les molestas con tu respiración asmática. Ya no les sobresaltas a la noche con la noticia de que la mierda viene en camino. Y si te descuidas no te recuerdan. Pero si se acuerdan de ti es para coincidir en que lo mejor que te pudo pasar es que hayas reventado - decía yo, satisfecha, y escupiendo, pues ésa era mi manera de poner un final eficaz a mi oratoria.
Mis amigos me miraban felices. Aquella maldad que ellos tenían en algún lugar del pensamiento y que no sabían expresarla, salía muy bien pintada de mi boca.
Por lo demás, el escenario del cementerio se prestaba para conversaciones a propósito de olvidos y de un mundo infame.
Luego, cansada de mis maldades, me quedaba callada. Era el tiempo de ellos. Y mientras les oía decir lo suyo, observaba cómo, lánguidamente, la siesta recorría los pasillos del cementerio. Y cómo los cuervos giraban alrededor de una mamona convertida en carroña, en la colina. Y cómo el viento movía el ramaje de los árboles del camposanto trayendo un ruido de alma que corre y se despeña...

_________________________________________________________



MI PRIMO Y YO

Tenía la edad del limonero de la casa (siete años), y me relamía los dedos con pensamientos que acababan descomponiéndome, pues me quedaba con los ojos muy abiertos, hasta altas horas de la noche, sin oír siquiera el violín del grillo que vagaba por la habitación. O el chistido del búho. Entonces, mi abuela me acercaba un vaso de leche, diciéndome: “Ya otra vez estás en trance. Mañanita terminarás loca. Estás de cabra. Tal cual. De cabra. No se debe pensar en eso a tu edad”.
Me hallaba enamorada.
Mi corazón era un árbol dentro de una casona, un árbol cuyas ramas crecían rompiendo tejas y aleros para terminar por crucificar sus nervios en el pararrayos. Sus frutas eran el mismo incendio pues las cortinas desaparecían, bajo el fuego, hasta que sólo quedaba una ventana desde la que observaba, melancólica, un horizonte, una línea crepuscular de pájaros negros en huida.
Me gustaba hablar conmigo misma en un lenguaje que era la mismísima niebla. O el nubarrón del que salían las tijeretas bulliciosas.
Pensaba en mi primo como se piensa en la llovizna, en las hojas llevadas por los pasos apresurados de la gente, en el viento de la lluvia arrastrando una carta desconocida, en la oscuridad de la habitación presa de su clausura donde parpadeaba la luz fosfórica de una repentina presencia.
Ya no recuerdo casi las facciones de M. A. Sé que era inteligente. Sabía trigonometría, botánica, física y hasta masonería; era el mejor alumno del colegio, solía entrar en crisis nerviosas y me adoraba.
Jugábamos a los indios. Venía a liberarme de la indiada, que era rebelde (los primos, entonces, amenazaban con dejarme devorar por las hormigas rojas que iban y venían en un tránsito alocado por el jacarandá).
Abrazarme fuertemente, llamarme reina cautiva, volverme a atar con la piola, formaban parte del entretenimiento.
El juego tenía un guión de muerte, traición y despedidas.
Éramos niños, la sangre nos quemaba las venas; amaba sus ojos negros animados por la chispa genuina de la genialidad. Solía fijarse en los limones de mi pecho, pero no se atrevía a morderme, a bajar su cara sobre mi cara. No era que no queríamos besarnos por miedo a que nos viera la abuela. Sentíamos el temor real a nuestra carne, pues nos atreveríamos a todo, después, si empezábamos por las bocas.
Nos alegraba tomarnos de las manos. Y abrazarnos hasta que la inocencia estallara. Mi primo desarreglaba mis cabellos; sentía bronca contra mi pelo lacio. Se suponía que debía enojarme, por lo menos falsamente. Pero me quedaba fea, quieta ante sus ojos, con los cabellos desarreglados y el corazón pisando el vestido y la enagua de mi entendimiento.
Como en las películas del lejano oeste, yo era una india sublevada y herida por el amor de un hombre blanco, que en breve tiempo retornaría a la civilización.
A la noche, tumbada sobre el lecho, pensaba una, dos, siete veces, en él. Diera cuanto diera porque me besara.
Imaginaba que iba a la colina, y que lo llamaba, al caer la tarde, y que él aparecía saliendo de mí misma, de mis alucinaciones, plantándose ante mi figura.
Haríamos el amor bajo la luna escarlata, enorme y cruzada por una gritona ave nocturna, sobre el pasto apenas mojado. No iríamos en sangre.
Pienso en mi amor infantil y el alma se me llena de hojas amarillas y quebradizas. Entonces era pequeña y me juraba a mí misma que me casaría con M. A.
Me miro en el espejo: muchos espíritus tristes y alientos que exhalan el frío de los huesos sepultados se arriman a la luna del ropero. Hay un llanto, un murmullo de muertos en la habitación. Y un olor a jazmines viejos y pasados por agua servida.
Afuera, un perro ladra a otro.
El macho corteja a la hembra. Las moscas vuelan en torno al cadáver de un gorrión sobre la vereda mugrienta. Un niño observa la escena y arroja una piedra contra las bestias.
El espejo me devuelve la imagen de una mujer que todavía sueña que es niña, y que aguarda la llegada, de un momento a otro, de su primo.
Podría jurar que el amor de la infancia es el más fuerte de todos los amores.

_____________________________________________________________